miércoles, 9 de diciembre de 2009

San Agustín; La ciudad de Dios

Agustín de Hipona, o San Agustín (en latín: Aurelius Augustinus Hipponensis; en griego: Αὐγουστῖνος Ἱππῶνος, Augoustinos Hippōnos), nace en Tagaste en el año 354 y muere en el 430, junto con San Jerónimo de Estridón, San Gregorio Magno y San Ambrosio de Milán son de los cuatro más importantes Padres de la Iglesia latina.

El texto de la Ciudad de Dios (De Civitate Dei) de San Agustín es una obra que contiene 22 libros, escrito contra el paganismo entre el año 412 y 426; es decir, lo escribe en su vejez.

El texto está hecho a petición de Marcelino y la promesa del autor en contra de los que anteponen sus dioses a su Fundador, en defensa de la gloriosísima Ciudad de Dios. Va sobre todo contra los soberbios y ensalzando a los humildes con las palabras de la Sagrada escritura.

Su sentido primario no es político, sino esencialmente religioso. Habla de dos ciudades como la representación de los dos reinos, el de Dios y el del demonio, el de la luz y de las tinieblas, el del bien y del mal, el del amor y del odio, el del cielo y de la tierra.

San Agustín cuestiona que podría alguien pensar: ¿Por qué ha alcanzado esta divina misericordia también a los impíos e ingratos?, ¿Por qué pensamos sino porque es dádiva de aquel que hace salir el sol sobre los buenos y los malos y llueve sobre justos y pecadores? Sin embargo, la paciencia de Dios invita a los malos a la penitencia y a los buenos en la paciencia, lo que busca es ser justo, sin que los bienes del que goza los malos sean apetecidos y ni los males de los buenos lo eviten. Habla y le da mucha importancia también la cualidad del uso de las cosas o en la medida que trata a los buenos y malos.

No debemos temer la necesidad de algunas cosas, que aunque algunos la sustraen, otros se quedan en ella, y que entre las cosas que no quieren sujetar a la necesidad, ponen las voluntades. si entendemos por necesidad nuestra lo que no está en nuestro poder, como la muerte, es evidente que nuestras voluntades no están dominadas por la necesidad.

Dios es la fuente de nuestra felicidad y el fin de nuestros deseos, nuestro bien no es más que unirnos a Él. Al que sabe amarse a sí mismo, cuando se le manda amar al prójimo como a sí mismo, ¿qué otra cosa se le manda sino encarecer al otro, en cuanto esté de su parte, el amor a Dios? Dice San Agustín que es la verdadera religión, está la recta piedad y la servidumbre debida a sólo Dios.

La Trinidad es simple e inmutable, de las tres personas es un solo Dios, en ella no hay distinción entre la cualidad y la sustancia. Tiene cierta la cualidad inamisible de su incorrupción; pero, permaneciendo la sustancia corporal, no es lo que la misma incorrupción. No puede existir más incorruptibilidad de una cosa a otra. Aunque la incorruptibilidad sea inseparable del cuerpo incorruptible, una cosa es la sustancia por la que se llama cuerpo y otra la cualidad por la que se llama incorruptible. Según esto son llamadas simples las cosas que verdadera y principalmente son divinas, porque en ellas no es cosa la cualidad y otra la sustancia, sino que solo son uno. Todo lo que hizo Dios lo conocía, si no lo hubiera conocido, no lo hubiera hecho y nosotros tampoco lo hubiéramos conocido y no podría existir.

Dice San Agustín que la filosofía estaba dividida en tres partes (tripartita); una que la llaman Física, otra Lógica y la última Ética, que después se le llaman natural, racional y moral, no es porque hayan considerado a Dios, pero que Platón fue el primero en descubrir esta división considerando a Dios el autor de todas las naturalezas, y el dador de la inteligencia, y el inspirador del amor y que lleva a una vida feliz y buena. Que toda obra humana se debe tener en cuenta tres aspectos; la naturaleza por el ingenio, la doctrina por la ciencia y el uso por el fruto. Nuestra naturaleza para existir tiene a Dios por Autor, para sentir lo verdadero debemos tenerle a Él por Doctor, y a Él mismo, para ser felices.

Habla del amor, pero lo que dice es que el hombre que se llama “hombre bueno” no es lo correcto porque dice que no es el que sabe lo que es bueno, sino el que ama lo que es bueno. Existe un amor que se ama lo que no debe amarse, y este odia lo que debe amarse. Siendo como somos hombres, creados a imagen de nuestro Creador, cuya es la eternidad verdadera, la verdad eterna y la verdadera y eterna caridad, que es la Trinidad eterna, verdadera y amada, sin confusión ni división y que nos ha dado ciertos vestigios de su belleza.

San Agustín dice que existe un solo bien inmutable, Dios, uno, verdadero y feliz. Las cosas creadas son buenas porque proceden de Él, pero bienes mudables, porque fueron hechos de la nada, pero los que se alejan de Él tienen vicio y por eso son malos. Esto es que alguien puede pensar que los ángeles apóstatas proceden de otro principio y no de Dios. Siendo Dios inmutable pudo dar a las cosas de la nada el ser; así como se forma del saber a la sabiduría, así se formó la esencia del ser. La naturaleza de Dios nunca desfallece, pero sí de los seres hecho de la nada, tienen causas eficientes y deficientes.

Desde que comenzamos a existir en el cuerpo mortal, nunca dejamos de tender hacia la muerte. Todos estamos más cercano a la muerte después de un año. Dos amores son los que fundan las dos ciudades; el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena (se gloría a sí mismo o busca la gloria de los hombres) y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio, la celestial (gloría a Dios).

4 comentarios:

M. Serrano dijo...

Tu aporte me me pareció bueno y creo que hiciste una buena síntesis.
Mis dudas son las siguientes:
-San Agustín hablas de dos ciudades: las de Dios y la del demonio. ¿Cuáles son las características de gobierno u organización que distinguen a cada ciudad?
-Si Dios en nuestro sumo bien, verdadero y que nos hace feliz ¿por qué propone una ciudad ideal si no es necesaria ya que "sólo Dios basta"?
-¿A qué refiere San Agustín cuando habla de los tres aspectos que toda acción humana debe tener? (naturaleza por el ingenio, la doctrina por la ciencia y el uso por el fruto)
-Finalmente, ¿cuáles son las características que el ciudadano ideal de la ciudad de Dios debe tener?

omar dijo...

Saludos buen trabajo:
Consideró que la presentación en el blog resulta muy clara sien embargo, te recomiendo el uso de un esquema para la exponer; puesto que llegamos a confundirnos.

Este texto me parece el ejercicio de la voluntad de el hombre,en su libertad.

Sin embargo, me hace cuestionarme el condicionamiento que se alcanza a ver a la resignación de saberse bueno y buscando la felicidad despúes de muertos.

Javieros dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Javieros dijo...

Omar... me parece que San Agustín no es tan determinista sobre la bondad humana... la libertad implica la posibilidad de optar por el mal, de corromper el orden en la natura humana, escencialmente buena, a ejemplo de la inteligencia divina. San Agustín es muy duro en ese apecto, literalmente se viene a sufrir a este valle de lagrimas y con más peso para los cristianos... es un tema que da mucho a meditar.